Por José Maria Quevedo
Hay partidos que, aunque oficialmente no sean una final, se juegan como si lo fueran. Son esos encuentros que concentran una tensión especial, que exigen un esfuerzo extraordinario y que, cuando terminan, dejan la sensación de que el equipo acaba de conquistar algo mucho más grande que un simple pase de ronda.
Argentina tuvo dos partidos de esas características. Uno fue en Italia, en el Mundial de 1990. El otro, 36 años después, contra Inglaterra, en el Mundial de 2026.
Dos generaciones diferentes. Dos selecciones diferentes. Pero una misma sensación: la de haber disputado una final antes de llegar a la verdadera definición.
En 1990, Argentina tuvo que enfrentarse a Italia, el seleccionado local, en una semifinal cargada de tensión. El equipo de Carlos Bilardo venía de eliminar a Brasil en octavos de final y a Yugoslavia en cuartos, pero el desafío ante los italianos representaba algo mucho mayor.
El partido se jugó en Nápoles, una ciudad que tenía una relación especial con Diego Maradona. Allí, el ídolo argentino había construido una historia de amor con los hinchas del Napoli, pero aquella noche la camiseta de la Selección dividió las pasiones.
Argentina resistió, sufrió y llegó hasta los penales. Allí apareció Sergio Goycochea, convertido en héroe, para darle a la Selección el pasaje a la final.
Pero aquella victoria tuvo un precio.
Argentina había dejado buena parte de sus energías en el camino. El desgaste físico y emocional fue enorme. Y para la final contra Alemania, el equipo llegó diezmado, con jugadores suspendidos y otros físicamente disminuidos.
La Selección había conseguido eliminar al local y alcanzar la definición. Pero para hacerlo tuvo que jugar, prácticamente, una final antes de la final.
En 2026, la historia volvió a presentar una escena parecida.
Argentina se encontró con Inglaterra en un partido que, por el contexto, la rivalidad y lo que estaba en juego, adquirió una dimensión especial. El equipo de Lionel Messi y Lionel Scaloni estuvo abajo en el marcador y tuvo que realizar un esfuerzo extraordinario para mantenerse con vida.
Pero entonces apareció la reacción.
En los últimos diez minutos, Argentina consiguió dar vuelta el partido y protagonizó una remontada épica. El resultado no fue solamente una clasificación. Fue una victoria que tuvo el sabor de una consagración.
La magnitud de aquella noche quedó reflejada en las calles. Millones de argentinos salieron a festejar en las principales ciudades del país. La celebración tuvo una dimensión pocas veces vista para un partido que, en los papeles, todavía no era la final.
Pero para el hincha argentino, aquella noche se vivió como una final.
Tal vez porque Inglaterra representaba mucho más que un rival. Tal vez porque el partido exigió una remontada imposible. O simplemente porque algunas victorias adquieren una dimensión propia y quedan instaladas en la memoria colectiva como acontecimientos que trascienden el resultado.
En 1990, Argentina llegó a la final después de eliminar a Italia en una semifinal agotadora. Llegó diezmada, sin varios de sus hombres importantes y con el desgaste acumulado de todo lo que había dejado en aquella batalla. En la final, perdió contra Alemania.
En 2026, la historia volvió a repetirse. Argentina llegó a la final después de una batalla épica contra Inglaterra, una semifinal que exigió hasta la última gota de energía. Y nuevamente, el equipo llegó a la definición después de haber dejado todo en el partido anterior.
Esta vez, el rival fue España. Y Argentina volvió a perder la final.
Dos Mundiales, dos finales perdidas y una coincidencia difícil de ignorar: Argentina ganó la que muchos consideraron la verdadera final antes de la final, pero llegó a la definición definitiva con el equipo exhausto y diezmado.
En 1990 fue Italia. En 2026, Inglaterra.
Después, Alemania y España se quedaron con el título.
Quizás sea apenas una coincidencia futbolística. O quizás sea una de esas historias que el fútbol se empeña en repetir, con distintos protagonistas y en distintas épocas, pero con un mismo desenlace: Argentina gana la batalla más difícil antes de la final y llega a la última pelea sin la misma fuerza con la que comenzó el torneo.





