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Mundial 2026: Argentina juega al ajedrez

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Por José María  Quevedo

Hay deportes que se parecen más de lo que imaginamos. El ajedrez y el fútbol, separados por un tablero y una cancha, comparten una misma esencia: pensar antes de actuar, anticipar el movimiento del rival y entender que un pequeño error puede cambiarlo todo.

El ajedrez moderno dejó atrás la imagen del jugador que simplemente improvisa grandes jugadas. Hoy es preparación, estudio, análisis y precisión. Los grandes maestros llegan a una partida con miles de posiciones estudiadas, conocen caminos posibles y saben que muchas veces la victoria no está en hacer una jugada espectacular, sino en cometer menos errores que el adversario.

Pero el ajedrez no murió en la computadora ni en los libros de teoría. Sigue existiendo un espacio para la genialidad, para la sorpresa, para esa jugada inesperada que rompe todos los cálculos. Los grandes jugadores no solo esperan el error del rival: también crean situaciones donde el rival se ve obligado a equivocarse.

Algo parecido ocurrió con la selección argentina de los últimos años. Bajo la conducción de Lionel Scaloni la Argentina construyó una identidad basada en la inteligencia, el equilibrio y la lectura de los partidos. No es un equipo que juega solamente con el impulso o la emoción: es un equipo que piensa.

Scaloni entendió que el fútbol moderno es una partida de ajedrez. Cada jugador es una pieza con una función determinada. Hay momentos para atacar y momentos para esperar. Hay que saber cuándo avanzar, cuándo defender y cuándo cambiar la estrategia. La clave no está en mover más rápido, sino en mover mejor.

Y en ese tablero aparece Lionel Messi, un jugador que representa la excepción dentro de cualquier sistema. Porque Messi hace algo que ni el análisis más profundo puede anticipar: inventa la sorpresa. Como un gran maestro que encuentra una jugada imposible, ve espacios que otros no ven y convierte una situación común en una oportunidad única.

La Argentina campeona mostró esa combinación perfecta: la planificación de Scaloni y la genialidad de Messi. Un equipo preparado para no cometer errores, pero también con la capacidad de crear algo diferente cuando el partido lo necesita.

En los Mundiales, donde la presión multiplica cada detalle, los partidos suelen definirse por segundos. Un pase mal dado, una marca perdida, una decisión equivocada puede ser el final. Los campeones son los que saben mantenerse concentrados y esperan ese momento en el que el rival abre una puerta.

Argentina hizo de esa virtud una marca registrada. No necesita dominar cada minuto ni arrasar al adversario. Tiene paciencia, entiende los tiempos del partido y sabe que una oportunidad puede valer más que muchas aproximaciones. Cuando aparece el error rival, lo castiga. Cuando aparece la necesidad de una genialidad, aparece Messi.

Por eso esta selección se parece tanto al ajedrez: porque entiende que ganar no es solo atacar, sino pensar. No es solo tener talento, sino saber cuándo usarlo. No es solo esperar el movimiento del rival, sino obligarlo a tomar decisiones incómodas.

Scaloni armó el tablero. Messi encontró la jugada maestra. Y Argentina aprendió a jugar como los grandes campeones: con inteligencia, precisión y la capacidad de dar el jaque mate en el momento exacto.

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