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El último duelo: Yoliván Biglieri vs Benigno Varela, contra los agravios y en defensa del honor

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La madrugada del 3 de noviembre de 1968 parecía salida de una novela del siglo XIX. En una quinta de Monte Chingolo, lejos de los flashes y del ruido político de Buenos Aires, dos hombres vestidos de oscuro se preparaban para combatir con sables verdaderos. No era una recreación histórica ni un entrenamiento militar: era un duelo real, pactado bajo antiguos códigos de honor.

Uno era el almirante Benigno Varela, hombre de armas y figura ligada al gobierno militar surgido tras el derrocamiento de Arturo Illia. El otro, Yoliván Biglieri, dirigente radical, periodista y ferviente defensor del presidente constitucional expulsado por el golpe de 1966.

Aquella pelea quedó registrada como el último duelo a sable de la historia argentina (y del mundo) del que se tiene constancia documentada.

Todo había comenzado semanas antes, cuando Biglieri publicó un artículo en su diario Autonomía acusando a Varela de haber faltado a su palabra y traicionado compromisos asumidos antes del golpe militar encabezado por Juan Carlos Onganía. En el clima enrarecido de la época, atravesado por resentimientos políticos y heridas abiertas entre civiles y militares, las palabras fueron consideradas una afrenta imperdonable.

Varela no respondió con una carta documento ni con una denuncia judicial. Eligió un camino anacrónico: desafiarlo a duelo.

La cita fue organizada en secreto. Hubo padrinos, médicos y reglas precisas, como dictaban los viejos códigos de caballeros. El combate sería con sable “a filo, contrafilo y punta”. No se detendría ante el primer corte. Ganaría quien dejara al otro sin posibilidad de continuar.

Apenas comenzó el enfrentamiento, las chispas metálicas iluminaron la oscuridad de la quinta. Los sables silbaban en el aire mientras ambos hombres avanzaban con violencia y determinación. En pocos minutos aparecieron las primeras heridas. Biglieri logró cortar una oreja y parte del torso de Varela. El marino respondió con tajos en la mano, el rostro y el abdomen del radical.

La sangre comenzó a empapar la ropa de los duelistas.

En un momento decisivo, el sable de Varela cayó al suelo. Cualquier ventaja podía significar el final, pero Biglieri se detuvo y permitió que su adversario levantara nuevamente el arma. El combate debía continuar en igualdad de condiciones. El honor, bajo aquellas reglas, estaba por encima de la conveniencia.

Durante casi media hora ambos siguieron atacándose hasta quedar exhaustos. Los padrinos y médicos, alarmados por el estado de los contendientes, decidieron finalmente detener la pelea antes de que terminara en tragedia.

No hubo reconciliación

Lejos de un cierre cordial, el duelo terminó con otra escena cargada de tensión política. “Los radicales no somos ningunos maricones”, lanzó Biglieri todavía ensangrentado. Varela contestó con frialdad: “Reconozco su valentía, pero no puedo decir lo mismo de todos los radicales”.

 

La frase resumía mucho más que un enfrentamiento personal. El duelo expresaba la profunda fractura de la Argentina de aquellos años: militares contra civiles, autoritarismo contra democracia, viejos códigos de honor mezclados con una violencia política cada vez más intensa.

Con el paso del tiempo, aquel episodio se transformó en una rareza histórica. Mientras el mundo avanzaba hacia otras formas de confrontación, en la Argentina todavía sobrevivía una práctica heredada de otra época, donde el honor podía defenderse a sablazos.

El combate entre Yoliván Biglieri y Benigno Varela no solo dejó cicatrices físicas. También marcó el final simbólico de una tradición que durante décadas involucró a militares, periodistas y dirigentes políticos argentinos.

Desde entonces, nunca más volvió a registrarse en el país un duelo formal a sable como aquel de 1968

Hoy en día, los duelos son ilegales en todo el mundo, porque cualquier combate pactado con armas se encuadra en delitos como agresión, tentativa de homicidio o asesinato.

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