Por José Maria Quevedo
Para la estratega política venezolana María Corina Roldán, radicada en Chile y con experiencia en campañas electorales en distintos países de América Latina, las encuestas cumplen dos funciones completamente diferentes: sirven para conocer la realidad electoral dentro de una campaña, pero también pueden ser utilizadas públicamente para intentar modificar esa misma realidad.
Roldán sostiene que una campaña seria no puede prescindir de la investigación interna. “No existe y no se puede hacer una buena estrategia si no tienes investigación, mediciones, si no tienes una encuesta interna”, afirma.
La primera función, explica, es conocer qué está ocurriendo realmente en el territorio: cómo está posicionado un candidato, cuáles son los problemas que preocupan a la sociedad, qué atributos tienen los adversarios y cuáles son los segmentos de electores que pueden ser decisivos.
“Para saber cómo va el candidato, cuáles son los temas de interés de la sociedad, por dónde hay que ir, ese es el paso que todos los candidatos quieren saltarse porque no hay nada más caro que una investigación”, señala.
Según Roldán, un estudio nacional puede costar fácilmente unos US$ 150.000 o incluso más. Pero considera que ese gasto es indispensable para una campaña competitiva.
“Las buenas campañas, las campañas memorables y las campañas que ganan son las que se atreven a invertir en investigación, porque tú tienes que conocer a lo que te estás enfrentando y la investigación te va a dar los ítems que no están a simple vista”.
Por eso, advierte que una encuesta interna es “algo mucho más profundo que saber quién va primero y quién va segundo”.
La otra cara: las encuestas públicas
El punto más polémico de su análisis aparece cuando diferencia las mediciones internas de las encuestas que se difunden públicamente.
Roldán sostiene que una encuesta publicada no necesariamente refleja de manera exacta la realidad electoral y que, en determinados contextos, puede formar parte de una estrategia destinada a influir sobre la opinión pública.
“Las encuestas públicas no necesariamente están apegadas a la realidad. Pueden estar dentro de lo que es una estrategia de campaña”, afirma.
Según explica, una campaña puede realizar primero sus propias investigaciones y, a partir de ellas, detectar determinados comportamientos del electorado. Si identifica que una determinada publicación podría modificar las preferencias de los votantes, una encuesta pública puede convertirse en una herramienta de persuasión.
“Si tú después de haber hecho investigaciones tienes tus encuestas y tienes la realidad en tus manos, identificas alguna situación en donde poner una encuesta falsa va a mover un poco la opinión a tu favor, ahí entran las encuestas públicas”.

Encuestadoras que terminan siendo parte de la estrategia
Roldán también plantea que, en determinadas campañas, algunas encuestadoras de renombre pueden terminar formando parte de la estrategia política de un candidato. Según explica, esto ocurre cuando una medición pública no se limita a mostrar una fotografía del escenario electoral, sino que determinados números son ajustados o presentados de una manera que termina favoreciendo al candidato que contrata el estudio.
Crear una encuesta para instalar una noticia
La estrategia, según Roldán, ni siquiera requiere necesariamente contratar a una de las grandes firmas del mercado.
“Puedes también crear pequeñas encuestadoras que empiecen a mandar notas de prensa a los correos de la prensa para que se publiquen y siempre va a haber un medio que va a caer. Eso es así porque sí”, afirma.
El mecanismo es sencillo: una encuesta genera un dato, el dato se transforma en titular y el titular comienza a circular. La información deja entonces de ser solamente una medición y pasa a convertirse en un estímulo dentro de la propia competencia electoral.
El efecto “caballo ganador”
Uno de los mecanismos que identifica Roldán es lo que denomina la estrategia del caballo ganador.
La idea parte de un comportamiento que, según la estratega, aparece con frecuencia en América Latina: una parte del electorado quiere votar por quien percibe que tiene mayores posibilidades de ganar.
“Siempre va a haber una masa de votantes que va a buscar votar por el candidato que se perfila para ganar o que da la sensación de que va a ganar”, explica.
Roldán atribuye este comportamiento a un “inconsciente colectivo”, particularmente fuerte en sociedades donde el conocimiento político es superficial.
De esta manera, una encuesta que coloca a un candidato claramente en primer lugar puede generar un efecto adicional: convencer a otros electores de que ese candidato es inevitablemente ganador.
La encuesta, entonces, no solamente mide una carrera: puede ayudar a construir la percepción sobre quién está ganando.
Cuando el miedo se convierte en estrategia
Roldán plantea otro escenario todavía más extremo.
Imagina a un candidato que públicamente amenaza con matar a un determinado grupo de personas. Una investigación interna descubre que existe un fuerte rechazo hacia ese candidato, pero también revela que hay un porcentaje de electores indecisos que todavía no sabe por quién votar.
La estrategia, sostiene, podría consistir en publicar una encuesta en la que el candidato considerado peligroso aparezca primero, mientras el propio candidato aparece segundo, pero a una distancia muy pequeña.
El objetivo sería provocar miedo entre los indecisos y movilizarlos contra el supuesto ganador.
“Termina generando que el miedo impulsa a los indecisos a votar por ti, sacándolos de la apatía”, explica.
En ese escenario, la encuesta deja de ser una fotografía del electorado y se transforma en un instrumento para intentar producir una determinada reacción electoral.
“Los chilenos sufren de encuestitis aguda”
Para Roldán, no se trata de una práctica exclusiva de un país.
“Son formas de mover la opinión pública. Son muy utilizadas en campaña”, resume.
Menciona particularmente el caso de México, donde —según describe— hacia el final de las campañas proliferan las mediciones y las encuestadoras.
“En México es una locura. De hecho, hay una frase que dice: ‘Ahorita no creo ni en mi mamá’. Al final de las campañas las encuestadoras se vuelven locas”.
También señala que la utilización estratégica de encuestas es frecuente en Centroamérica y que en Chile la presencia de estos estudios en los medios es prácticamente permanente.
“En Chile son titulares de prensa todos los lunes. Los chilenos sufren de encuestitis aguda”, ironiza
Para la estratega, el problema central es confundir dos cosas distintas: una encuesta utilizada para conocer al electorado y una encuesta utilizada para influir sobre él.
La primera intenta responder qué piensa la sociedad. La segunda puede intentar conseguir que la sociedad piense de determinada manera.
Y en una campaña electoral, esa diferencia puede ser decisiva.





