Por José Maria Quevedo
La campaña de Soledad Núñez enfrenta un desafío que va más allá de las propuestas o de la estructura política: conseguir que su mensaje salga de la burbuja en la que actualmente parece circular y llegue a sectores del electorado que todavía no están conectados con su narrativa.
El problema no necesariamente está en lo que plantea, sino en cómo lo está comunicando.
Si Soledad quiere crecer electoralmente, necesita despolitizar su discurso. Esto no significa abandonar sus posiciones ni esconder su identidad política, sino dejar de hablar permanentemente en códigos que solamente entiende y valora el electorado ya politizado.
El elector común no necesariamente está interesado en la discusión partidaria, las alianzas, las internas o las disputas entre dirigentes. Está interesado en cuestiones mucho más concretas: cuánto demora en llegar a su trabajo, cómo está su barrio, qué pasa con el tránsito, la seguridad, la basura, los servicios públicos, los espacios verdes o cuánto tiempo pierde diariamente en la ciudad.
Ahí aparece uno de los grandes desafíos de la campaña: convertir las propuestas en experiencias concretas.
No alcanza con decir qué se quiere hacer. Hay que explicar cómo cambiaría la vida de una persona si esa propuesta se implementara. Y hacerlo de una manera creativa, visual y sencilla.
Captar la atención
En una campaña electoral saturada de mensajes, quien no consigue captar la atención queda fuera de la conversación.
Soledad necesita una comunicación más disruptiva, capaz de romper con los formatos tradicionales de la política. Menos explicación institucional y más capacidad de generar identificación. Menos discurso y más escenas de la vida cotidiana.
Una propuesta puede ser técnicamente excelente y, sin embargo, electoralmente invisible si nadie la recuerda.
El desafío es lograr que una idea pueda ser contada en pocos segundos, que pueda convertirse en una imagen, una frase, un video o una situación que el ciudadano reconozca como propia.
La campaña burbuja
El principal riesgo es que la campaña termine funcionando como una conversación entre convencidos.
Las redes sociales pueden generar una sensación engañosa de fortaleza. Un mensaje puede recibir numerosos comentarios, interacciones y apoyos dentro de una comunidad política determinada y, al mismo tiempo, tener escasa penetración fuera de ella.
Una campaña no crece solamente porque sus seguidores estén cada vez más convencidos. Crece cuando consigue incorporar a quienes todavía no decidieron votar por ella.
Por eso, Soledad necesita ampliar el perímetro de su comunicación.
No solamente hablarle a quienes comparten sus valores, sino encontrar un lenguaje capaz de interpelar al elector que no está interesado en la política y que probablemente decidirá su voto mucho más cerca de la elección.
El problema de forzar al adversario
Existe además otro punto estratégico.
Soledad enfrenta a un candidato al que una parte del electorado no necesariamente asocia espontáneamente con las administraciones coloradas.
Desde el punto de vista de la campaña, puede resultar tentador insistir en construir ese vínculo: presentar al adversario como continuidad del Partido Colorado y convertir la elección en una disputa entre cambio y continuidad.
Pero existe un problema: si el elector no realiza naturalmente esa asociación, repetirla desde la campaña puede tener un efecto limitado.
La comunicación política puede instalar percepciones, pero no siempre puede imponerlas.
Si una campaña dedica demasiado tiempo a explicar quién es realmente el adversario, corre el riesgo de terminar hablando nuevamente con quienes ya conocen y comparten esa lectura.
Y ese es precisamente el problema de una campaña burbuja: convencer a los convencidos mientras el resto del electorado permanece indiferente.
La batalla es por la atención
Soledad necesita, entonces, cambiar el eje.
Más que intentar demostrar permanentemente quién es su adversario, debería concentrarse en conseguir que el elector se pregunte qué puede cambiar en su vida si ella llega a la Intendencia.
La batalla electoral no se libra solamente en el terreno de las ideas. Se libra también en el terreno de la atención, la identificación y la emoción.
Una propuesta que no genera atención no existe electoralmente. Una propuesta que no se entiende no se recuerda. Y una propuesta que no logra conectar con un problema cotidiano difícilmente se transforma en voto.
El desafío para Soledad Núñez es, en definitiva, salir de la política para volver a la ciudadanía.
Dejar de hablar solamente de política y comenzar a hablar de la vida de la gente.
Porque una campaña puede tener buenas propuestas, buenos equipos y buenos argumentos. Pero si esos mensajes permanecen dentro de una burbuja, la elección se termina jugando afuera, con otros electores y con otras narrativas.





