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Kattya González; sesgo explicito

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Por José Maria Quevedo

En el discurso político opositor se ha consolidado una explicación tan reiterada como cómoda: los 70 años de gobiernos colorados son la causa de todos los males del Paraguay. La afirmación, sostenida recientemente por la exsenadora Kattya González (“EL TRIPLE PASE DE LA MEGA”), puede funcionar como consigna, pero revela un sesgo explícito cuando se la presenta como análisis exhaustivo.

Porque si el Partido Colorado ha gobernado durante siete décadas, no lo hizo únicamente por la fortaleza de su estructura, sino también por la incapacidad persistente de la oposición para ofrecer una alternativa atractiva y competitiva desde 1989 hasta hoy. El oficialismo no se explica solo por lo que hizo bien —o mal—, sino también por lo que la oposición nunca logró construir.

La unidad como relato, no como principio

Otro sesgo evidente aparece en el uso selectivo del concepto de “unidad”. Se sostiene que la oposición eligió por consenso y sin internas a todos los candidatos que ganaron, pero se omite que el mismo mecanismo fue utilizado para elegir a quienes luego perdieron.

La forma de selección no garantiza resultados; convertirla en argumento absoluto es una simplificación interesada.

Más aún, comienza a instalarse la idea de una “unidad selectiva”, en abierta contraposición a la “unidad total” que se reclamaba en ciclos anteriores. El objetivo es claro: excluir a Payo Cubas del eventual acuerdo opositor, el mismo dirigente al que luego de 2023 se responsabilizó por la derrota por haber sido un supuesto “factor de división”. La contradicción es difícil de disimular: cuando conviene, la división explica la derrota; cuando incomoda, la unidad se redefine.

Anticoloradismo sin proyecto

Plantear que la oposición debe hacer “exactamente lo contrario” a lo que hacen los colorados no es una estrategia: es una confesión de vacío político.

La pregunta es inevitable: ¿hacer lo contrario implica también trabajar para perder, si el oficialismo trabaja para ganar?

Pensarse únicamente en función del adversario revela una oposición sin identidad propia, incapaz de formular un proyecto que trascienda la negación del otro. No hay pensamiento de espacio, sino reacción; no hay proceso político, sino competencia permanente de candidaturas.

Asunción: síntoma del problema mayor 

Este desorden conceptual se refleja con claridad en Asunción. Mientras Johana Ortega avanza con trabajo territorial y consolidación política, Soledad Núñez intenta recuperar el terreno perdido en los últimos dos meses producto de su exceso de confianza y reciente maternidad.

La negativa de Núñez a debatir y una campaña que se percibe como un copy-paste de la estrategia de Efraín Alegre en 2023 encienden señales de alerta. La intención de adaptar la estrategia del espacio a una estrategia personal puede resultar costosa en las elecciones generales de noviembre.

El conflicto anunciado

No habría mayores cuestionamientos si Soledad Núñez gana la encuesta. Sin embargo, los antecedentes permiten anticipar un escenario distinto si quien resulta vencedora es Johana Ortega.

Al sector liberal que apoya a Núñez le cuesta aceptar la derrota —o incluso la realidad electoral— cuando los resultados no confirman sus propias percepciones.

Ese es, quizás, el problema más profundo de la oposición paraguaya hoy: no solo pierde elecciones, pierde la capacidad de leerlas. Mientras no se discutan estos sesgos explícitos —la responsabilidad propia, la unidad instrumental y el anticoloradismo vacío— la oposición seguirá atrapada en el mismo ciclo: explicar derrotas en lugar de construir victorias.

 

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