Por José Maria Quevedo
La reciente presencia del senador liberal Dionisio Amarilla junto al presidente Santiago Peña, durante el acto de firma del decreto reglamentario de la ley de etanol en Guairá, volvió a encender un debate recurrente en la política paraguaya: ¿dónde termina la oposición y dónde comienza la cooperación pragmática con el poder?
En el acto, el presidente Santiago Peña no solo agradeció públicamente la presencia del legislador, sino que además destacó su participación en la construcción de leyes vinculadas a la generación de empleo y oportunidades. Lejos de tratarse de una simple cortesía institucional, la escena dejó al descubierto algo más profundo: la progresiva normalización de una relación donde sectores de la oposición dejan de ejercer un rol de contrapeso y comienzan a integrarse, en los hechos, a la lógica del poder.
En ese esquema, el senador Dionisio Amarilla aparece como un caso representativo. Su conducta ya no puede leerse únicamente como pragmatismo, sino como un alineamiento funcional sostenido con el oficialismo. Esta dinámica, cada vez más visible dentro de sectores del Partido Liberal Radical Auténtico, implica un costo político claro: diluye la identidad opositora y convierte la “gestión” en un argumento que termina justificando una dependencia creciente del poder, más cercana al colaboracionismo que a una oposición real.
Una oposición atrapada entre el discurso y la gestión
En el Paraguay actual, especialmente dentro del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), se impone una lógica silenciosa pero determinante: la idea de que la única forma de dar respuestas efectivas a la ciudadanía es a través de la negociación con el poder de turno.
Este razonamiento, aunque práctico en términos de gestión, encierra una tensión estructural evidente. Por un lado, permite a legisladores opositores canalizar obras, recursos o proyectos hacia sus bases políticas. Por otro, debilita la identidad de la oposición como contrapeso político real, reduciéndola en muchos casos a una oposición discursiva más que efectiva.
En ese equilibrio inestable, figuras como Dionisio Amarilla ocupan un lugar particularmente sensible: no rompen con la oposición, pero tampoco asumen una confrontación sistemática con el oficialismo. Se ubican en una zona gris donde la gestión y la política se entrelazan de manera permanente.
El cartismo como centro gravitacional del poder
La dinámica política actual muestra un rasgo difícil de ignorar: el cartismo opera como un centro gravitacional del sistema político. El control del Ejecutivo, sumado a su capacidad de distribución de recursos y decisiones estratégicas, convierte al oficialismo en un espacio con alta capacidad de articulación y atracción de apoyos transversales.
En ese contexto, la relación entre legisladores opositores y el gobierno deja de ser excepcional para convertirse en parte del funcionamiento habitual del sistema político. No se trata únicamente de acuerdos puntuales, sino de una arquitectura donde el acceso a soluciones concretas, obras o respuestas institucionales depende en gran medida del grado de cercanía con el poder.
Percepción ciudadana: entre la utilidad y el desencanto
Desde la ciudadanía, esta dinámica genera interpretaciones divergentes y, en muchos casos, contradictorias:
-Un sector valora la gestión y la capacidad de “conseguir cosas concretas”, más allá de los colores partidarios.
-Otro sector percibe con creciente desconfianza la falta de una oposición clara, consolidando la idea de que “todos terminan siendo lo mismo”.
-Y un tercer grupo interpreta estos movimientos como parte de una estrategia de supervivencia política dentro de un sistema altamente concentrado en el poder ejecutivo.
En todos los casos, el resultado es similar: una progresiva desdibujación de las fronteras entre oficialismo y oposición, donde la pertenencia partidaria pierde peso frente a la lógica de acceso al poder.
¿Pragmatismo o absorción política?
La pregunta de fondo no es si es válido o no que un legislador dialogue con el Ejecutivo. En cualquier democracia funcional, ese diálogo es necesario. La cuestión es otra: cuándo ese vínculo deja de ser institucional y pasa a ser político en sentido pleno.
En el caso de Dionisio Amarilla, la percepción de cercanía con el oficialismo puede ser interpretada de dos maneras opuestas:
-Como un pragmatismo necesario en un sistema donde el Ejecutivo concentra recursos y decisiones.
-O como una forma de integración progresiva al esquema de poder cartista, aunque sin una afiliación formal.
Ambas lecturas conviven, y justamente ahí radica su potencia política.
Conclusión
El caso de Dionisio Amarilla no es un fenómeno aislado, sino una expresión de una dinámica más amplia del sistema político paraguayo: la creciente “cercanía funcional” entre actores formalmente opositores y el gobierno.
Sin embargo, reducir esta conducta únicamente a una supuesta afinidad con el oficialismo sería una lectura incompleta. En el caso de legisladores que provienen de estructuras debilitadas como el PLRA, la lógica también responde a un condicionante interno: la necesidad de sostener capacidad de gestión y de respuesta en un contexto donde su propio partido carece de cohesión, liderazgo efectivo y herramientas de gobierno.
En ese escenario, el parlamentario no solo se adapta al poder; también busca sobrevivir políticamente en un sistema donde la ciudadanía demanda resultados inmediatos y donde la intermediación con el Ejecutivo se vuelve, en la práctica, una de las pocas vías para canalizar soluciones.
El riesgo de esta dinámica no radica únicamente en la cercanía entre figuras políticas, sino en su normalización. Cuando la cooperación deja de ser excepción y se convierte en regla, la oposición pierde nitidez, y el sistema político se reconfigura en torno a una lógica dominante: la gestión del poder por encima de su disputa.





