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Reality presidencial 2028: casting abierto, proyecto en pausa

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Por José Maria Quevedo

La oposición paraguaya parece haber encontrado finalmente el formato que mejor la representa: el reality show permanente. Con candidatos confirmando su participación antes que ideas, y con discursos que giran más en torno a la supervivencia política que a la construcción programática, el camino hacia el 2028 se perfila como una nueva temporada de la ya conocida serie de improvisaciones, disputas internas y promesas recicladas.

El primer capítulo se emitió en formato de multientrevista televisiva (Políticamente Yncorrecto-NPY). Allí, los protagonistas ofrecieron un adelanto de lo que será la trama: rivalidades personales, llamados abstractos a la unidad y, sobre todo, la persistente incapacidad de definir para qué quieren el poder más allá de desplazar al adversario.

Unidad, pero con casting previo

Kattya González volvió a instalar la idea de la unidad opositora como meta estratégica, aunque condicionada a una honestidad política que, según admite implícitamente, no abunda entre sus propios potenciales aliados. Su insistencia en disputar liderazgos territoriales antes de definir un proyecto común confirma una tendencia ya estructural: en la oposición paraguaya primero se reparten los cargos imaginarios y después, si queda tiempo, se discute el rumbo del país.

El argumento de género —“es tiempo de una mujer”— se presenta más como consigna electoral que como eje programático. En ausencia de una propuesta integral, el discurso se reduce a la denuncia de la corrupción colorada, un recurso tan legítimo como insuficiente cuando se transforma en único contenido político.

Todo esto con el respaldo y la participación habitual del Partido Liberal Tóxico Auténtico (PLTA) —nombre de fantasía que sintetiza la percepción de un aliado que históricamente promete sumar volumen político, pero que con frecuencia termina aportando más desgaste que votos efectivos. En la práctica, el apoyo liberal aparece más como una herencia estructural que como una ventaja competitiva-.

El país ideal según Prieto

Miguel Prieto aportó su cuota de optimismo institucional: un presidente honesto, un Congreso austero y un Estado sin feudos. Una visión tan deseable como improbable, especialmente cuando se formula sin explicar los mecanismos concretos para alcanzarla. La crítica al oficialismo convive con recientes elogios al mismo actor, confirmando que en la política paraguaya la coherencia sigue siendo un bien escaso y prescindible.

Su diagnóstico no es incorrecto, pero su narrativa carece de densidad estratégica. El país que describe parece más una aspiración moral que una construcción política viable.

El antisistema que quiere ordenar el sistema

Paraguayo Cubas, fiel a su estilo, propone cambiar las reglas del juego cuando el resultado no le favorece. Su rechazo al sistema de listas desbloqueadas y su defensa de estructuras más controladas revelan una paradoja interesante: el candidato que se presenta como ruptura termina defendiendo mecanismos clásicos de control partidario.

El discurso antisistema continúa siendo su principal capital simbólico. Sin embargo, la fuga de dirigentes de su propio espacio demuestra que la indignación no reemplaza la organización.

Oposición: candidatos sobran, proyecto falta

La escena se completa con otros aspirantes que orbitan el mismo espacio político sin alterar el cuadro general: múltiples liderazgos en competencia y ninguna arquitectura común. La fragmentación se mantiene como rasgo estructural, mientras la narrativa de la unidad se utiliza más como recurso retórico que como estrategia real.

El problema no es la diversidad, sino la ausencia de síntesis.

Conclusión: temporada repetida

La oposición paraguaya parece condenada a repetir su propia fórmula: personalismos intensos, debates tácticos sin horizonte estratégico y una constante apelación al “cambio” que nunca termina de definirse. En este contexto, el 2028 se perfila menos como una elección programática y más como un nuevo casting de liderazgos en busca de legitimidad.

Mientras tanto, el electorado sigue siendo espectador de una competencia que se organiza en torno a nombres y no a ideas. Y como en todo reality, la audiencia observa, comenta y, llegado el momento, vota. Pero rara vez se le ofrece algo realmente distinto para elegir.

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