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Las internas partidarias: el primer filtro de la calidad democrática

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Por Rafaela Guanes de Laino (Mg. en Ciencia Política)

Las organizaciones políticas tienen una responsabilidad fundamental en la calidad de la oferta electoral que ponen a consideración de la ciudadanía. Esa responsabilidad comienza mucho antes de la elección general: nace en la vida interna de los partidos y, especialmente, en los mecanismos mediante los cuales seleccionan a sus candidatos.

El sistema de partidos y las internas como garantía de la oferta electoral

La democracia no depende únicamente del voto ciudadano en una elección nacional. Antes de que los ciudadanos elijan, los partidos políticos deben cumplir adecuadamente su función de seleccionar y presentar candidatos capaces, honestos y comprometidos con el interés público. En este proceso existen, al menos, dos niveles de responsabilidad. 

Primer nivel: la responsabilidad de los dirigentes 

La primera responsabilidad recae sobre los dirigentes que elaboran las listas. Son ellos quienes deciden quiénes tendrán la oportunidad de representar al partido y eventualmente acceder a cargos públicos.

Un dirigente político responsable no debería promover a personas corruptas, incompetentes o carentes de las condiciones necesarias para ejercer una función pública. La confección de una lista electoral es un acto de enorme trascendencia institucional porque condiciona la calidad de la representación futura.

Cuando un dirigente incluye en su lista a un candidato que no reúne méritos suficientes, está fallando en su deber hacia el partido, hacia sus afiliados y hacia la sociedad.

 Segundo nivel: la responsabilidad de los afiliados

 La segunda responsabilidad corresponde a los afiliados que participan en las elecciones internas.

Los militantes y simpatizantes de un partido no son simples espectadores. Con su voto validan o rechazan las candidaturas propuestas por los dirigentes. Por lo tanto, tienen la posibilidad de corregir errores, impedir abusos y evitar que personas inadecuadas lleguen a integrar la oferta electoral definitiva.

Si los afiliados poseen conciencia partidaria, compromiso con los valores de la organización y sentido de responsabilidad pública, difícilmente respaldarán candidaturas que contradigan esos principios.

 Cuando falla la estructura partidaria

 El problema aparece cuando dirigentes y afiliados dejan de actuar en sintonía con los valores y objetivos que justifican la existencia del partido.

En esos casos, los dirigentes incorporan a las listas personas cuestionables y, lejos de ser corregidas, esas decisiones son ratificadas por los votantes de la interna. El resultado es una degradación progresiva de la calidad de la representación política.

La consecuencia final la sufre toda la ciudadanía. Los partidos terminan ofreciendo candidatos de baja calidad, que muchas veces acceden a cargos públicos buscando beneficios personales antes que el bienestar general, generando perjuicios para el país y debilitando la confianza en las instituciones.

 La pregunta de fondo

Si aceptamos que la calidad de la democracia depende en gran medida de la calidad de los partidos políticos, entonces surge una pregunta central:

¿Cómo mejorar el funcionamiento interno de los partidos? ¿Cómo recuperar la mística, la decencia, el compromiso doctrinario y la visión nacional para que ningún dirigente se atreva a promover a un corrupto o a un incapaz, y para que, si lo hace, sea castigado por los propios afiliados mediante el voto interno?

La respuesta a esa pregunta probablemente determine la calidad de la dirigencia política del futuro y, en consecuencia, la calidad de la democracia misma.

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