Por El Analista
En Los ingenieros del caos se formula una de las hipótesis más disruptivas para entender la política contemporánea: el desplazamiento desde un modelo en el que los partidos construyen oferta ideológica hacia otro en el que equipos tecnopolíticos leen el clima social, identifican emociones dominantes y diseñan liderazgos capaces de amplificarlas en el ecosistema digital. En ese tránsito, la política deja de ser solo representación y pasa a convertirse, en parte, en una forma de ingeniería de la atención.
La idea no implica necesariamente que los técnicos “reemplacen” a los políticos, sino algo más sutil y, a la vez, más decisivo: la creciente capacidad de ciertos perfiles especializados en comunicación, datos y estrategia digital para intervenir en la traducción de la demanda social en oferta política efectiva. No se trata de crear el malestar, sino de reconocerlo, simplificarlo y convertirlo en un relato políticamente movilizador.
Este marco permite leer la experiencia argentina en torno al ascenso de Javier Milei y el rol atribuido a Santiago Caputocomo parte de una arquitectura de comunicación que algunos analistas han descrito como un “laboratorio tecnopolítico” o, en clave más contemporánea, un “Silicon Valley criollo” de la política.
De la demanda social al diseño del liderazgo
Toda construcción política eficaz parte de algún tipo de lectura del malestar social. En el caso argentino reciente, esa demanda aparece relativamente clara: desconfianza estructural en la dirigencia tradicional, crisis económica persistente, percepción de decadencia institucional y fatiga con los lenguajes políticos convencionales.
Desde la perspectiva de Empoli, este tipo de contextos no generan automáticamente una respuesta política única, pero sí abren un campo de oportunidad para actores capaces de condensar ese malestar en una narrativa simple, emocionalmente potente y fácilmente circulable en entornos digitales.
El punto central no es la existencia del malestar —que es previo—, sino su traducción política.
Traducir la demanda en relato
En este esquema, ciertos equipos políticos operan como dispositivos de traducción: toman una demanda social difusa y la convierten en un conjunto reducido de significantes de alta eficacia política.
En el caso de Milei, ese proceso puede observarse en la centralidad de categorías como “la casta”, la idea de “casta versus libertad” y una estética discursiva basada en la confrontación directa. No se trata únicamente de ideas programáticas, sino de dispositivos narrativos diseñados para organizar la percepción del conflicto político de manera binaria, clara y emocionalmente intensa.
El rol de estrategas como Caputo se inscribe en esa lógica: la construcción de marcos interpretativos que estabilicen el mensaje político en múltiples plataformas, adaptándolo a los lenguajes específicos del ecosistema digital sin perder coherencia narrativa.
El laboratorio tecnopolítico
El concepto de “laboratorio tecnopolítico” permite describir un cambio metodológico más que ideológico. La campaña política deja de ser un producto cerrado y pasa a funcionar como un sistema de experimentación continua.
Mensajes, consignas y relatos circulan en redes sociales, donde sus efectos se miden en tiempo real mediante indicadores de viralidad, interacción y apropiación. Esa información retroalimenta el diseño del discurso, en un ciclo permanente de ajuste.
La política adopta aquí una lógica cercana a la de las startups tecnológicas: iteración, prueba, medición y optimización. En este marco, la comunicación deja de ser un instrumento secundario y se convierte en infraestructura central del poder político.
¿Quién selecciona a quién?
La formulación más extrema de la tesis inspirada en Empoli sostiene que los perfiles tecnopolíticos no solo interpretan la realidad, sino que intervienen en la selección de los liderazgos más adecuados para canalizarla. En su versión más fuerte, esto implicaría que los estrategas no solo diseñan campañas, sino que contribuyen a definir qué tipo de figura política es viable en un determinado momento histórico.
Sin embargo, una lectura más precisa del caso argentino sugiere una relación híbrida. El liderazgo no es “creado” por un equipo técnico, pero sí puede ser altamente condicionado por la forma en que se construye su visibilidad, se organiza su discurso y se optimiza su circulación.
El resultado no es la sustitución de la política, sino su reconfiguración.
Política, emoción y mediación digital
El ascenso de Milei no puede explicarse únicamente desde la comunicación, pero tampoco puede entenderse sin ella. La ideología no desaparece, pero pierde centralidad frente a la gestión de la atención. La organización partidaria no se extingue, pero convive con estructuras más livianas y especializadas. Y la comunicación deja de ser un instrumento accesorio para convertirse en un componente estructural del poder.
En esa transición, la figura del estratega político adquiere una nueva relevancia: no como reemplazo del dirigente, sino como operador clave en la interfaz entre sociedad, tecnología y narrativa.
La política como ingeniería de la atención en la era digital
La hipótesis de Empoli, aplicada al caso argentino, no describe un sistema cerrado donde los técnicos gobiernan la política, sino un desplazamiento progresivo hacia formas más sofisticadas de mediación entre demanda social y construcción de liderazgo.
En ese marco, el caso Milei–Caputo puede leerse como parte de una transformación más amplia: la conversión de la política en un sistema de diseño de atención pública.
El “laboratorio tecnopolítico” no es un lugar ni una estructura formal, sino una lógica: la de una política que se piensa cada vez más como arquitectura de percepción, donde la eficacia no depende solo de las ideas, sino de su capacidad de circular, intensificarse y convertirse en emoción colectiva.





