La Plaza de Mayo se transformó este jueves en el escenario de la última misa ricotera. Miles de seguidores de Carlos “Indio” Solari se congregaron de manera espontánea para despedir al líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, en una demostración de devoción popular pocas veces vista en la historia cultural argentina.
No hubo convocatoria oficial ni organización previa. Bastó la noticia de su muerte para que fanáticos de distintas generaciones llegaran con banderas, remeras, bombos y canciones. Entre lágrimas, abrazos y pogos, la plaza se convirtió en un ritual colectivo que recordó la dimensión social que el Indio construyó durante más de cuatro décadas.
La escena remitió inevitablemente a otros grandes ídolos populares del país. Como ocurrió con Diego Maradona, la despedida trascendió el ámbito específico de su actividad. El Indio dejó de ser únicamente un músico para convertirse en un símbolo capaz de reunir a miles de personas alrededor de una identidad compartida. La comparación no surge por la magnitud artística de uno u otro, sino por el vínculo emocional que lograron construir con sectores amplios de la sociedad argentina.
Durante años, las llamadas “misas ricoteras” fueron mucho más que recitales. Eran peregrinaciones multitudinarias que movilizaban a seguidores de todo el país. Familias enteras, grupos de amigos y fanáticos que recorrían cientos de kilómetros para participar de una experiencia que mezclaba música, pertenencia y celebración colectiva. Esa cultura volvió a manifestarse en Plaza de Mayo, aunque esta vez bajo el signo de la despedida.
Las canciones de Los Redondos sonaron una y otra vez entre los presentes. Himnos como “Jijiji”, “Un ángel para tu soledad” y “La bestia pop” acompañaron una jornada marcada por la emoción. Muchos asistentes coincidieron en una idea: sentían que no moría solamente un artista, sino una parte fundamental de sus propias vidas.
La frase de un seguidor sintetizó el sentimiento general: “Hoy se murió el poeta de mi vida”. Esa definición explica quizás mejor que cualquier análisis el lugar que ocupaba Solari en la cultura argentina. Sus letras fueron banda sonora de generaciones enteras y construyeron una identificación que atravesó clases sociales, edades y geografías.
La última misa ricotera no tuvo escenario ni luces. Tampoco hubo un artista sobre el que recaer las miradas. Sin embargo, reunió todos los elementos que hicieron único al fenómeno ricotero: la comunión colectiva, la pasión incondicional y la certeza de pertenecer a una historia común.
Como sucede con los grandes ídolos populares, la muerte no clausura el mito. La multitud que copó Plaza de Mayo dejó una imagen contundente: el Indio Solari ya forma parte de ese reducido grupo de figuras que lograron trascender su disciplina para convertirse en patrimonio emocional de los argentinos. Un lugar reservado para muy pocos. Un lugar que, para muchos de sus seguidores, comparte junto a Diego Maradona.





