La magia de Tañarandy vuelve a encenderse en Semana Santa, pero lo hace en un escenario distinto, marcado por la ausencia de su alma creadora. Por segundo año consecutivo, la emblemática celebración se realiza sin la presencia de Koki Ruiz, el artista que convirtió este rincón de Misiones en un símbolo cultural y espiritual único en Paraguay.
El desafío no es menor. Continuar una tradición tan profundamente ligada a la visión de una sola persona implica no solo sostener su legado, sino también enfrentarse a la inevitable pregunta de cómo seguir adelante sin repetirlo. Así lo expresa su hija, quien hoy asume un rol central en la organización: mantener vivo el espíritu de Tañarandy resulta tan emocionante como difícil.
“Es complicado continuar cuando quien creó todo esto ya no está”, reflexiona, dejando entrever el peso emocional que conlleva esta responsabilidad. Sin embargo, lejos de paralizarse, la familia opta por avanzar desde el respeto, pero también desde la transformación.

Este año, esa transformación se hace visible en un concepto renovado: un Tañarandy gótico que propone una nueva lectura de los tradicionales cuadros vivientes. La hija de Koki Ruiz explicó que las escenas están dispuestas en un retablo con inspiración gótica, tomando como referencia algunas obras de ese estilo artístico. A pesar del cambio estético, la esencia se mantiene intacta, centrada en la Pasión y muerte de Cristo.
La puesta incluye tres representaciones clave: la traición de Judas y el arresto de Jesús; la crucifixión, con la multitud que acude a presenciar el momento; y la Piedad, donde las mujeres lloran su muerte. Más de 60 artistas forman parte de estos cuadros vivientes, en un trabajo colectivo que combina arte, fe y compromiso comunitario.
El proceso creativo comenzó a gestarse desde enero, cuando se definió el concepto. En febrero, el equipo se sumó para realizar pruebas con materiales del entorno, dando forma progresivamente a la propuesta. El montaje fue avanzando hasta concretarse en este Jueves Santo, resultado de meses de dedicación y experimentación.
La comunidad, como siempre, sigue siendo protagonista. Cada detalle, cada escena y cada luz encendida reflejan el esfuerzo compartido por mantener viva una tradición que trasciende generaciones.
En este contexto, la ausencia se convierte también en motor. El legado del artista plástico Koki Ruiz sigue presente, brillando en cada luz encendida y en cada rincón de Tañarandy. Su obra ya no depende de su presencia física, sino de una memoria colectiva que se reinventa sin dejar de honrarlo.
Tañarandy sigue vivo. No como una réplica del pasado, sino como una tradición en movimiento que busca su propia voz en medio del recuerdo.





