Por José Maria Quevedo
Para un analista que durante buena parte de la campaña fue crítico con la estrategia, el discurso y las propuestas de Soledad Núñez, explicar su victoria se convierte necesariamente en un ejercicio de autocrítica.
No porque el resultado obligue a convertir retrospectivamente su campaña en un modelo perfecto. Tampoco porque ganar una elección signifique que todas las decisiones tomadas durante la campaña hayan sido acertadas.
El desafío es otro: entender qué elementos de la realidad electoral fueron subestimados y cuáles fueron sobrevalorados por el análisis previo.
Soledad Núñez terminó imponiéndose a Camilo Pérez por 5.024 votos: 133.325 sufragios contra 128.301, según los resultados preliminares con el 99,92% de las mesas procesadas.
Y eso obliga a revisar algo más profundo que un pronóstico equivocado: el modelo con el que se intentó interpretar la elección.
Cuando los números terminan condicionando la mirada
Durante las últimas semanas de campaña, distintas encuestas y mediciones colocaban a Camilo Pérez en una posición favorable. A eso se sumaron bocas de urna que, una vez cerradas las mesas, reforzaron la percepción de que la elección estaba prácticamente definida.
El problema no fue solamente que esos datos terminaran demostrando ser incorrectos. El problema analítico fue el peso que se les asignó.
Los números dejaron de funcionar como una variable más dentro del análisis y comenzaron a operar como una confirmación de una hipótesis previa.
Si existían dudas sobre la campaña de Soledad —sobre su discurso, sus propuestas, su capacidad de conectar con determinados segmentos del electorado o la eficacia de su estrategia—, las mediciones que mostraban a Pérez arriba funcionaron como una suerte de validación externa.
Y allí aparece uno de los principales errores de lectura.
En lugar de obligar a revisar las hipótesis, algunos datos terminaron reforzándolas.
La prudencia que debería acompañar cualquier medición electoral se fue perdiendo a medida que se acercaba el día de la elección. La repetición de determinados números terminó generando convencimiento.
Las encuestas influyeron más en los analistas que en los electores
Hay una paradoja particularmente interesante en esta elección.
Las encuestas y las bocas de urna tenían como objetivo describir el comportamiento del electorado. Sin embargo, terminaron teniendo un efecto evidente sobre otro público: los propios analistas, periodistas y actores políticos.
El electorado, finalmente, votó de una manera diferente a la que buena parte de esas mediciones sugería.
Eso debería obligarnos a discutir nuevamente cuál debe ser el lugar de las encuestas en el análisis electoral.
Una encuesta es una fotografía. No es el electorado.
Una boca de urna tampoco es el resultado oficial.
Y, sobre todo, ninguna medición debería convertirse en sustituto de la observación política, territorial y social.
El resultado terminó demostrando que una elección puede seguir abierta incluso cuando buena parte del ecosistema político y periodístico empieza a comportarse como si ya estuviera definida.
La propia Soledad Núñez había advertido durante la jornada que las encuestas, tendencias y bocas de urna no constituían un resultado y pidió esperar hasta el cierre oficial.
Entonces, ¿por qué ganó Soledad?
La respuesta probablemente no esté en un único factor.
Hay que mirar, en primer lugar, el voto opositor acumulado alrededor de una candidatura capaz de convertirse en vehículo del descontento con la administración municipal y con la continuidad colorada en Asunción.
Los resultados muestran una elección extraordinariamente polarizada: Núñez consiguió el 47,78% y Pérez el 45,98%. Los demás candidatos quedaron muy lejos de ambos.
Eso significa que una parte importante del electorado terminó concentrándose en dos opciones.
Y allí Soledad consiguió algo que durante la campaña podía resultar difícil de medir: convertirse en la alternativa concreta al candidato colorado.
Su campaña insistió durante semanas en una idea relativamente sencilla: Asunción debía cambiar de modelo de administración. En sus últimos discursos contrapuso continuidad y cambio, y buscó hablarle tanto al electorado opositor tradicional como a ciudadanos desencantados con la gestión municipal.
Pero hay otro elemento fundamental: la campaña no terminó en las redes sociales ni en los medios.
Núñez y su equipo sostuvieron una intensa presencia territorial. La propia candidata atribuyó la victoria al trabajo “incesante, minucioso, organizado” y a los recorridos casa por casa en los barrios.
Ese dato resulta especialmente relevante para revisar determinados modelos de análisis.
Porque una campaña puede parecer poco convincente desde una perspectiva discursiva, comunicacional o mediática y, sin embargo, estar construyendo una red territorial capaz de producir votos
El error de confundir campaña visible con campaña efectiva
Uno de los errores del análisis fue mirar demasiado la campaña visible: discursos, entrevistas, redes, propuestas y encuestas, y prestar menos atención a lo que ocurría territorialmente.
Soledad logró sostener una campaña territorial hasta el final y convertir ese trabajo en votos. Una campaña que podía presentar debilidades desde el punto de vista comunicacional terminó siendo electoralmente efectiva.
Eso obliga a una primera revisión: no todo lo que parece débil para un analista necesariamente lo es para el elector.
El problema de la certeza
La principal autocrítica está en otro lugar.
Las encuestas que favorecían ampliamente a Pérez y las bocas de urna fueron adquiriendo un peso excesivo en nuestra interpretación. Si existían dudas sobre la campaña de Soledad, esos números funcionaron como confirmación.
Y allí perdimos prudencia.
Las mediciones dejaron de ser una variable del análisis para convertirse, prácticamente, en la conclusión.
Las encuestas y las bocas de urna influyeron más en analistas y periodistas que en el electorado.
El resultado demostró que la elección seguía abierta.
La lección
La victoria de Soledad no significa que todas las críticas a su campaña hayan sido equivocadas. Significa que el modelo de análisis no logró identificar cuáles de esas debilidades eran realmente determinantes para el votante.
La lección es incómoda pero necesaria: en elecciones cada vez más difíciles de predecir, los números deben informar, no reemplazar el análisis.
Cuando una hipótesis se convierte en certeza, dejamos de buscar aquello que puede demostrar que estamos equivocados.
Soledad ganó. Y el resultado obliga a revisar no solamente la campaña que analizamos, sino también la forma en que la analizamos.





