Todo comenzó en una tarde gris, de esas que pesan en el alma con su propia melancolía. Acababa de perder a un gran amigo, alguien con quien compartí incontables horas de música y charlas: Jorge Barret (+). Fue él, con su oído certero y su pasión melómana, quien me hizo escuchar por primera vez una canción que, sin saberlo, se convertiría en nuestra despedida: “A Boat Lies Waiting”. (Un bote espera)
Esa tarde, buscando quizás un poco de consuelo o simplemente escapar del silencio, entré en un lugar que ya no existe: la mítica tienda de discos “Zeppelin”. A veces extraño tanto ese espacio como la presencia de quienes ya no están. Era un santuario ritual, un laberinto de discos donde el tiempo se detenía buscando algún disco con que conectar o solo ir a mirar. Entre sus estantes, que hoy ya solo viven en mi memoria, encontré el disco de Gilmour.

No sabía en ese momento que esa canción, “A Boat Lies Waiting”, era el tributo de David Gilmour a su propio compañero y amigo, el tecladista de Pink Floyd, Rick Wright. La voz de Wright, grabada en una vieja entrevista, se escucha al inicio de la pieza, como un último mensaje que flota sobre el agua antes de que la melodía se desvanezca en el mar. Para mí, escucharla esa tarde fue como encontrar un lenguaje común para el vacío; una conexión espiritual que me recordaba que, aunque el barco parta, el vínculo permanece.
Hoy, la tienda “Led Zeppelin” cerró y Jorge se fue, pero cada vez que suena ese disco, vuelvo a ese pasillo estrecho, a esa tarde de lluvia y a la música que nos unirá siempre. No es solo un álbum; es el eco de una amistad invaluable que sigo visitando con cada acorde.





