Por José Maria Quevedo
El último debate entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro dejó una imagen de la política cada vez más subordinada a la lógica del espectáculo televisivo y las redes sociales.
Los ataques personales, las provocaciones y las frases diseñadas para convertirse en clips virales disputaron protagonismo con las propuestas sobre economía, seguridad y políticas sociales. La referencia a los nueve dedos de Lula, el papel higiénico y las menciones a Milei y Trump ofrecieron momentos de alto impacto mediático.
Más que un intercambio de ideas, el encuentro pareció por momentos un reality político de dos protagonistas que buscaban imponer su personaje, provocar al adversario y captar la atención del público.
El problema no es que un debate genere espectáculo: la política también necesita comunicar y conectar con la gente. La cuestión es qué queda cuando termina la transmisión. Si las frases efectistas desplazan la discusión de fondo, el ciudadano recibe entretenimiento, pero menos elementos para evaluar qué propone cada candidato y cómo piensa gobernar.
En la política de las redes, ganar la escena no es necesariamente lo mismo que explicar un proyecto de país.




