En la frontera donde Paraguay y Brasil se confunden en una sola calle, el nombre de Pedro Juan Caballero dejó de ser solo un punto del mapa para convertirse, durante años, en sinónimo de sicariato. En ese escenario de balas, pactos silenciosos y traiciones inevitables, emergió una figura temida incluso por otros criminales: Marcio Ariel Sánchez Giménez, alias “Aguacate”.
Su historia no comenzó con poder ni fama. Como muchos en Amambay, Aguacate creció rodeado de violencia y contrabando. Antes de cumplir la mayoría de edad ya estaba marcado por la Policía. En 2010, tras un enfrentamiento armado, cayó preso mientras era investigado por un doble homicidio. Parecía el final temprano de una carrera criminal. No lo fue.
Al recuperar la libertad, se instaló definitivamente en Pedro Juan Caballero. Allí, en la capital no oficial del crimen fronterizo, encontró su lugar. Frío, metódico y letal, Aguacate empezó a construir su reputación como sicario. Cada encargo cumplido lo acercaba más a la élite del hampa.
El salto definitivo llegó cuando se convirtió en jefe de seguridad de Jorge Rafaat Toumani, uno de los narcotraficantes más poderosos de la región. Bajo su sombra, Aguacate dejó de ser un ejecutor más y pasó a dirigir hombres, armas y estrategias. Según versiones policiales, incluso habría recibido entrenamiento especializado en el exterior. En la frontera, su nombre ya no se susurraba: se respetaba.
Pero el 15 de junio de 2016, una ráfaga de ametralladora acabó con Rafaat en pleno centro de Pedro Juan Caballero. La ciudad quedó en shock. Aguacate sobrevivió al cambio de poder y, lejos de desaparecer, llenó el vacío. Convirtió el sicariato en un negocio organizado, casi empresarial. Se le atribuyeron asesinatos políticos, ajustes de cuentas narcos y ejecuciones que marcaron a sangre la historia reciente de Amambay.
La Fiscalía lo imputó por lavado de dinero y lo señaló como jefe de un grupo criminal. Hubo órdenes de captura, allanamientos y expedientes. Pero Aguacate siempre parecía un paso adelante. Entraba y salía del radar judicial como si la ley no alcanzara a cruzar la frontera.
Hasta que la frontera le devolvió la misma moneda
La mañana del 16 de junio de 2023, un cuerpo envuelto en una manta fue abandonado cerca del Palacio de Justicia de Pedro Juan Caballero. Tenía 33 impactos de bala. No tardaron en confirmar lo que muchos intuían: el muerto era Aguacate. El hombre que había ordenado tantas muertes terminó ejecutado con la misma precisión que él imponía.
Las autoridades concluyeron que fue asesinado en otro lugar y luego arrojado allí como mensaje. Traición interna, ajuste de cuentas o pérdida de protección: las hipótesis se multiplicaron. Lo cierto es que nadie reclamó el crimen. En el mundo que él ayudó a construir, la muerte no se explica, se acepta.
Con Aguacate cayó un nombre, pero no el sistema. En Pedro Juan Caballero, la violencia siguió su curso. Porque en la frontera, cuando un sicario muere, otro ya está esperando su turno.





