Por José Maria Quevedo
El resultado electoral en Paraguay no se explica solo por estructura, aparato o tradición partidaria. Se explica, en buena medida, por una decisión estratégica: mirar la demanda antes que la oferta. El equipo de Santiago Peña trabajó sobre una hipótesis concreta: existía un volumen significativo de “voto bronca” que no estaba siendo correctamente interpretado por el sistema político.
A partir de ese diagnóstico, la campaña no se enfocó únicamente en persuadir al votante tradicional, sino en entender cómo ese malestar podía expresarse sin necesariamente volcarse contra el oficialismo. En ese tipo de escenarios, la fragmentación del enojo es tan importante como su existencia. No se trata solo de captar votos, sino de ordenar el mapa donde esos votos se distribuyen.
Este tipo de lógica ya se vio en otros contextos. El crecimiento de Javier Milei en Argentina o el fenómeno de Franco Parisi en Chile muestran que cuando el sistema no procesa el malestar, ese voto encuentra canales alternativos, muchas veces imprevisibles y difíciles de encasillar.
En Paraguay, ese canal fue en buena medida Payo Cubas. Su desempeño electoral reflejó la existencia de un segmento que no estaba buscando alternancia dentro del sistema, sino expresar rechazo al sistema mismo. La cuestión relevante no es solo su caudal de votos, sino lo que esos votos representan: hartazgo, desconfianza y una ruptura con la lógica tradicional de competencia entre partidos.
Aquí aparece el contraste más fuerte. Mientras algunos sectores oficialistas parecen haber incorporado —con mayor o menor sofisticación— herramientas de análisis de la demanda, gran parte de la oposición sigue atrapada en una lógica de oferta. Es decir, diseña su estrategia desde lo que quiere decir, no desde lo que la sociedad está dispuesta a escuchar.
Esto se traduce en campañas centradas en “quitarle votos” al Partido Colorado, como si el electorado fuera un espacio fijo que simplemente se redistribuye. Pero ese supuesto ignora una transformación más profunda: el crecimiento de un voto que no busca elegir entre opciones tradicionales, sino cuestionarlas a todas.
El doble error
Así las cosas; el error estratégico es doble. Por un lado, se subestima la magnitud del malestar social. Por otro, se insiste en herramientas que fueron eficaces en contextos anteriores, pero que hoy resultan insuficientes. La crítica al adversario, la apelación a la alternancia o incluso la construcción de coaliciones amplias pierden impacto cuando el votante no se siente representado por ninguna de esas opciones.
Esto no implica que el oficialismo tenga resuelta la ecuación. Interpretar la demanda es solo una parte del desafío; sostener esa conexión en el tiempo es otra, mucho más compleja. El “voto bronca” es, por definición, volátil. Así como puede ser contenido o desviado en una elección, también puede crecer y desbordar en la siguiente.
La pregunta de fondo es si el sistema político paraguayo está en condiciones de adaptarse a esta nueva realidad. Eso implica abandonar la comodidad de las certezas y asumir que el electorado ya no responde a las lógicas tradicionales. Requiere más investigación, más escucha y menos intuición.
En definitiva, la disputa ya no es solo entre partidos o candidatos. Es entre dos formas de hacer política: una que parte del análisis de la sociedad real, con sus tensiones y frustraciones; y otra que sigue hablándose a sí misma, convencida de que el problema es de comunicación y no de comprensión. El riesgo para quienes no logren hacer ese cambio es claro: seguir perdiendo relevancia en un escenario donde el verdadero protagonista ya no es la oferta política, sino una demanda social cada vez más imprevisible.





