Por José Maria Quevedo
La escena protagonizada por Celeste Amarilla y Dionisio Amarilla dentro del Directorio del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) expone un problema que va mucho más allá de un enfrentamiento personal. En momentos en que el liberalismo busca reconstruirse, renovar su imagen y presentarse nuevamente como una alternativa real de poder, este tipo de episodios refuerza precisamente la percepción que intenta superar: la de un partido dominado por conflictos internos, disputas personales y falta de conducción política.
El problema para el PLRA no es solamente la existencia de diferencias internas —algo habitual en cualquier partido democrático— sino la forma en que esas diferencias se expresan públicamente. Una organización que pretende convencer al electorado de que está preparada para gobernar necesita transmitir capacidad de liderazgo, orden interno y una visión de futuro. Las escenas de confrontación, acusaciones cruzadas y pérdida de control de sus espacios institucionales generan el efecto contrario.
El episodio entre Celeste y Dionisio ocurre además en un momento particularmente sensible. El liberalismo viene de varias derrotas electorales, atraviesa una crisis de identidad y enfrenta el desafío de recuperar la confianza de un electorado que en los últimos años migró hacia otras opciones o se mantuvo distante de la política tradicional.
En ese contexto, las imágenes de dirigentes enfrentados tienen un alto costo simbólico. La ciudadanía no observa solamente una discusión interna: observa un partido que parece incapaz de resolver sus diferencias y que repite prácticas asociadas al pasado.

La ausencia de liderazgo también comunica
Un elemento central del episodio es la reacción del presidente del PLRA, Alcides Riveros, y del propio auditorio partidario. La falta de una intervención firme para ordenar la situación transmite una señal de debilidad institucional.
En política, la ausencia de acción también es un mensaje. Cuando un partido atraviesa una crisis de conducción, los silencios pueden ser interpretados como falta de autoridad o como incapacidad para establecer reglas de convivencia interna.
Un partido que busca renovarse necesita demostrar que tiene mecanismos para procesar sus diferencias sin convertirlas en espectáculos públicos
El problema de la narrativa
El PLRA enfrenta además una batalla comunicacional. Mientras intenta construir una narrativa de renovación, unidad y recuperación, estos episodios alimentan la narrativa de sus adversarios: la idea de un partido fragmentado, atrapado en luchas internas y sin capacidad para ofrecer una conducción alternativa al país.
La política no se construye solamente con discursos, sino también con símbolos. Una escena de confrontación puede tener más impacto en la percepción ciudadana que una declaración programática.





