Por José María Quevedo
En la etapa final del armado de alianzas municipales rumbo a octubre aparece un nuevo elemento dentro de la batalla discursiva de la oposición: la forma en que construyó el relato sobre las candidaturas que podrían dividir el voto opositor.
Durante meses, distintos sectores opositores denunciaron la existencia de candidaturas que, según su interpretación, tendrían como objetivo fragmentar el electorado contrario al oficialismo. Algunas fueron asociadas directamente a una estrategia vinculada a sectores de Honor Colorado.
El objetivo de esa narrativa era claro: advertir al electorado, instalar una alerta y restar legitimidad a esas opciones electorales.
Sin embargo, la política también se juega en el terreno de la comunicación, donde la visibilidad tiene sus propias reglas.
De tanto insistir con la existencia de candidatos de la división financiados por HC, terminaron multiplicando su presencia en la conversación pública.
La repetición constante de una idea puede producir un efecto contrario al buscado. Aquello que se intenta reducir o descalificar puede terminar ocupando un lugar central en la agenda. En comunicación política existe una premisa básica: lo que se menciona permanentemente adquiere relevancia.
El adversario discursivo corre así el riesgo de convertirse en protagonista.
Pero el problema no es solamente comunicacional. También tiene una dimensión política.
Cuando una fuerza explica sus dificultades principalmente a partir de factores externos —la división, las operaciones del adversario, la influencia del oficialismo o las maniobras de sus rivales— puede transmitir una imagen de dependencia frente al escenario que pretende modificar.
El elector puede hacerse una pregunta incómoda: si una alternativa política aspira a gobernar, ¿puede hacerlo si su principal explicación sobre sus obstáculos está puesta en las acciones de otros?
El desafío: salir de la batalla y construir un proyecto
El cierre de alianzas municipales obliga a la oposición a revisar no solo sus acuerdos electorales, sino también su narrativa.
La elección no puede quedar reducida a una discusión sobre quién divide, quién compite, quién perjudica o quién es responsable de las dificultades internas.
La disputa central debería trasladarse hacia una pregunta mucho más simple y decisiva:
¿Para qué quieren gobernar?
Porque una elección no se gana únicamente identificando enemigos ni explicando por qué el camino está lleno de obstáculos.
Se gana construyendo una expectativa.
El desafío de la oposición no es solamente lograr una suma de candidaturas. Es transformar esa suma en una propuesta capaz de convencer a un electorado que observa, compara y, muchas veces, permanece como espectador de una disputa política que parece hablar más de los dirigentes que de sus problemas cotidianos.
La política necesita adversarios, pero necesita sobre todo un propósito.
Cuando el mensaje queda atrapado en la denuncia del otro, el riesgo es que el ciudadano deje de ver una alternativa y solo vea una pelea.





