Por José Maria Quevedo
La victoria de Soledad Núñez en Asunción tuvo ribetes épicos. El resultado ajustado, que terminó sacudiendo las proyecciones de las encuestas y los pronósticos de boca de urna, dejó en evidencia la distancia que puede existir entre la percepción instalada entre analistas y líderes de opinión y el comportamiento efectivo de los electores.
Pero una vez terminada la campaña, comienza otra etapa. Y los recursos que le permitieron ganar no necesariamente estarán disponibles para gobernar.
Uno de los primeros desafíos será la comunicación. Durante la campaña, el contacto directo con los vecinos fue una de las fortalezas de su candidatura. El propio coordinador de campaña, Stephan Rasmussen, reconoció en ABC Cardinal que el cara a cara, casa por casa, había sido uno de sus principales activos.
Ese capital político deberá transformarse ahora en una forma de gestión. Sin embargo, la intendenta electa ya no podrá recorrer los barrios con la misma libertad ni dedicar el mismo tiempo a conversar con los vecinos. Las responsabilidades administrativas, las urgencias municipales y la dimensión de los problemas de Asunción impondrán otras prioridades.
La comunicación, por tanto, cobra una importancia central. Y es un aspecto que considero todavía débil en la campaña de Núñez: no tanto por la falta de contacto territorial, sino por la necesidad de construir un relato de gestión que permita explicar qué se está haciendo, qué se puede resolver y cuáles son los límites reales de la Municipalidad.
El desafío será evitar que la distancia entre las promesas y los resultados termine erosionando rápidamente el capital político acumulado.
Expectativas altas, tolerancia baja
Durante los festejos por la victoria se escucharon expresiones que resumen el escenario que deberá enfrentar la nueva intendenta: «La voté porque estoy cansado. Espero que no defraude».
La frase contiene dos elementos centrales. Por un lado, el hartazgo con la situación existente, que impulsó a una parte del electorado a buscar una alternativa. Por otro, una expectativa que no necesariamente equivale a una adhesión política sólida.
No todos los que votaron por Soledad Núñez son necesariamente soledistas. Muchos pudieron haber elegido una posibilidad de cambio antes que una identidad partidaria o una adhesión personal. Esa diferencia importa: el voto que lleva a una candidatura al poder no garantiza, por sí mismo, la paciencia necesaria para acompañarla durante la gestión.
La nueva administración tendrá que demostrar resultados en una ciudad golpeada por problemas acumulados. Y deberá hacerlo ante una ciudadanía que espera cambios, pero que puede tener poca tolerancia frente a las demoras, las explicaciones burocráticas y las dificultades para cumplir las promesas.
El voto de cambio no tiene dueño
La victoria de Núñez también se inscribe en un fenómeno más amplio: el voto de cambio, que se manifestó en distintos procesos electorales de la región, tanto en el plano nacional —con experiencias diferentes en Argentina, Brasil, Uruguay y Chile— como en el ámbito municipal paraguayo.
No se trata de equiparar elecciones con contextos políticos y resultados distintos, sino de reconocer una tendencia: cuando una parte del electorado considera agotada una forma de hacer política, puede buscar alternativas por fuera de sus identificaciones tradicionales.
Asunción acaba de ofrecer un ejemplo de esa dinámica. La victoria colorada parecía instalada como una certeza entre determinados analistas y referentes de opinión. Sin embargo, esa percepción no se correspondió con el resultado final. La ciudadanía terminó definiendo la elección al margen de buena parte de los pronósticos.
La lección es importante para quienes analizan la política: las encuestas, los bocas de urna y las opiniones de los dirigentes son herramientas para interpretar una elección, no sustitutos de la voluntad de los votantes.
El error consiste en confundir la expectativa de victoria con una victoria consumada, o en tomar el clima predominante entre quienes siguen de cerca la política como una representación fiel de lo que piensa el conjunto de la ciudadanía.
El dato de las afiliaciones
Hay, además, un detalle que conviene tener en cuenta al interpretar el resultado: las afiliaciones partidarias.
En un escenario como el paraguayo, donde la ANR cuenta con una amplia base de afiliados, cualquier candidatura que resulte ganadora puede recibir una cantidad importante de votos colorados, incluso cuando compite contra una candidatura de la propia ANR. Por eso, encontrar electores afiliados al Partido Colorado entre quienes votaron por Núñez no constituye, por sí solo, una anomalía ni demuestra una contradicción.
Es una realidad que puede afectar a cualquier candidatura y que debe analizarse con cuidado. La afiliación formal no determina automáticamente el comportamiento electoral, así como la identidad partidaria no garantiza obediencia a una candidatura específica.
La cuestión relevante no es solamente a qué partido están afiliados los electores, sino cómo votaron, qué los motivó a hacerlo y qué esperan de la administración que eligieron.
Ganar fue difícil. Gobernar será la prueba
La victoria de Soledad Núñez desarmó una percepción que parecía consolidada y demostró que el resultado electoral puede apartarse de los pronósticos más extendidos. Pero esa victoria no resuelve los problemas de Asunción ni garantiza una relación duradera con quienes la llevaron al poder.
El desafío será convertir el contacto territorial de la campaña en capacidad de gestión, construir una comunicación pública creíble y responder a las expectativas de una ciudadanía cansada.
Porque el voto de cambio puede llevar a una candidatura hasta la Municipalidad. Pero es la gestión la que determina cuánto tiempo conserva la confianza de quienes apostaron por ella.





