Por José María Quevedo
Hablar de una Asamblea Constituyente en Paraguay suele generar reacciones inmediatas de rechazo en buena parte del sistema político. Sin embargo, más allá de los reflejos defensivos, vale la pena analizar la propuesta como un ejercicio democrático profundo que podría beneficiar especialmente a la oposición, hoy fragmentada y muchas veces atrapada en disputas internas.
Un sistema que tiende a la inercia política
El modelo institucional vigente ha consolidado, con distintos matices históricos, una fuerte ventaja del Asociación Nacional Republicana – Partido Colorado. No se trata únicamente de su capacidad electoral, sino de una estructura política que tiende a reproducirse en el poder, especialmente cuando logra ordenar sus internas.
En paralelo, parte de la oposición denuncia esa hegemonía y cuestiona el sistema. Y es ahí donde aparece la primera contradicción: se cuestionan las reglas, pero se rechaza cualquier intento serio de revisarlas.
La frase “imposible con esta coyuntura” suele funcionar más como cierre que como apertura de debate.
La Constituyente como reordenamiento del debate público
Una Asamblea Constituyente no es solamente un mecanismo jurídico. Es, ante todo, un proceso político y social de alta intensidad. Obliga a todos los actores a salir de la lógica electoral tradicional y a instalar una discusión de ideas, no solo de personas.
En lugar de una carrera permanente de candidaturas y posicionamientos individuales, una Constituyente empujaría a los sectores políticos a responder preguntas de fondo: qué Estado se quiere, qué derechos se amplían o se restringen, cómo se distribuye el poder, qué tipo de representación se busca.
Ese cambio de eje tendría un efecto inmediato: reduciría la centralidad de la “guerra de egos” habitual en las campañas presidenciales y forzaría a la construcción de posiciones colectivas.
De candidatos a proyectos
Uno de los aportes más relevantes de un proceso constituyente sería el desplazamiento del foco: de los candidatos hacia los proyectos. No se trataría de una competencia personalista, sino de una disputa programática más clara.
Esto, en términos democráticos, puede ser saludable. Obliga a ordenar ideas, explicitar intenciones y someterlas a debate público amplio. También expone con mayor nitidez las coincidencias y diferencias reales entre oficialismo y oposición, más allá de los discursos de campaña.
Un reordenamiento del tablero político
Un proceso constituyente tiene además un efecto menos visible pero profundamente relevante: sacude el sistema político. No solo redefine reglas institucionales, sino que reconfigura liderazgos, alianzas y formas de representación.
En ese contexto, la oposición podría encontrar una oportunidad de reorganización. Hoy fragmentada en múltiples espacios, muchas veces sin un eje común sostenido, una discusión constitucional la obligaría a construir acuerdos mínimos y posiciones compartidas.
Lejos de ser un riesgo, podría convertirse en una oportunidad de maduración política.
Más actores, más debate, más sociedad
Otro efecto posible es la ampliación del espacio público. Una Constituyente tiende a abrir el juego a la sociedad civil, a nuevos liderazgos y a voces que normalmente no tienen centralidad en el debate electoral tradicional.
No es solo un cambio de reglas: es una apertura del sistema político a nuevas formas de representación y participación.
Conclusión
Una Asamblea Constituyente no garantiza por sí misma mejores resultados. Dependerá de los actores, de la calidad del debate y de la capacidad de construir consensos.
Sin embargo, como proceso, puede funcionar como un saludable ejercicio democrático, especialmente para una oposición que busca salir de la repetición de diagnósticos sin transformación real.
En última instancia, discutir una Constituyente es discutir si se acepta el orden actual como definitivo o si se está dispuesto a someterlo, por primera vez en mucho tiempo, a una revisión profunda.





