Por José Maria Quevedo
El caso de Abelardo de la Espriella puede leerse como algo más que una irrupción individual en el escenario político colombiano. Funciona, más bien, como un disparador para analizar un fenómeno regional más amplio: la emergencia de liderazgos que cuestionan las mediaciones tradicionales de la política y logran conectar con un electorado cada vez más desconfiado de los partidos, las élites y las formas clásicas de representación.
Lo que está en juego no es únicamente un cambio de nombres en la competencia electoral, sino una transformación más profunda en la relación entre sociedad y sistema político. Y el principal problema para la analítica tradicional es que, en muchos casos, todavía intenta interpretar este fenómeno con categorías diseñadas para otra época.
El problema de diagnóstico: cuando los reactivos no detectan el fenómeno
Una forma útil de entender este desfase es la metáfora médica: si un laboratorio utiliza reactivos incorrectos, el diagnóstico no falla porque la enfermedad no exista, sino porque no se la está buscando adecuadamente.
En política ocurre algo similar. Muchos análisis siguen operando con esquemas centrados en partidos, ideologías estructuradas y clivajes tradicionales, mientras emergen liderazgos que se organizan alrededor de la emoción, la comunicación directa y el rechazo a las intermediaciones.
Esto explica por qué, en sus primeras apariciones, ciertos fenómenos son subestimados o mal clasificados: se los interpreta como espectáculo, anomalía o simple protesta pasajera, en lugar de reconocerlos como expresión de una transformación estructural.
Del espectáculo a la centralidad política: el antecedente Trump
Un antecedente claro de este error de lectura fue el ascenso de Donald Trump. Durante su primera campaña presidencial, gran parte de los medios lo cubrieron inicialmente desde lógicas cercanas al espectáculo o la polémica mediática.
Sin embargo, ese enfoque ocultaba una dimensión más profunda: la existencia de una demanda social real, sostenida por desconfianza hacia las élites políticas, frustración económica y ruptura cultural. Cuando esa base se volvió evidente, ya era tarde para seguir tratándolo como un fenómeno marginal.
Una tendencia regional: el ciclo de los outsiders
En América Latina, este patrón se ha vuelto recurrente y ya no puede considerarse excepcional. Distintos países han producido liderazgos con características similares, aunque con matices propios.
En Brasil, Jair Bolsonaro representó una ruptura con el sistema político tradicional, articulando un discurso centrado en el orden, la seguridad y la confrontación con las élites.
En Argentina, Javier Milei profundizó la disrupción del sistema político con un discurso que cuestiona de manera directa consensos económicos e institucionales de larga data.
En El Salvador, Nayib Bukele consolidó un liderazgo altamente personalizado, con fuerte apoyo popular basado en resultados en seguridad y una reconfiguración del equilibrio institucional.
En Chile, Franco Parisi logró posicionarse como expresión de un voto digital y anti-partidario que crece al margen de las estructuras tradicionales.
En Paraguay, Payo Cubas encarnó una forma más explícita de voto de protesta antisistema, con fuerte componente emocional y disruptivo.
En conjunto, estos casos no deben ser leídos como excepciones aisladas, sino como variaciones de un mismo fenómeno regional.
Crisis de representación y trauma reciente
Detrás de esta tendencia hay al menos dos procesos estructurales.
El primero es la crisis de representación. Los partidos políticos han perdido capacidad de actuar como intermediarios estables entre sociedad y Estado. Esto no significa su desaparición, sino una pérdida de centralidad en la construcción de identidad política.
El segundo es el impacto de la experiencia reciente de la pandemia. La expansión del poder estatal durante ese período generó una tensión duradera: por un lado, la demanda de protección y control; por otro, una reacción de desconfianza hacia la intervención excesiva del Estado.
El resultado no es una ideología coherente, sino una sensibilidad política ambivalente: exigencia de orden, pero rechazo a las élites que lo administran.
Individualismo y debilitamiento de la comunidad política
A estos factores se suma una transformación cultural más profunda: el crecimiento del individualismo social y la erosión de la idea de comunidad política estable.
El ciudadano contemporáneo tiende a confiar menos en las organizaciones partidarias, a vincularse más a liderazgos personales que a estructuras, a responder con mayor intensidad a narrativas emocionales que a programas ideológicos, y a cambiar con mayor facilidad sus preferencias electorales.
Este cambio no es menor: redefine las condiciones mismas de la competencia política.
Un problema de categorías: cuando lo nuevo no encaja
Una parte del problema analítico radica en que seguimos utilizando categorías que, aunque útiles, no siempre alcanzan para describir la complejidad de la realidad política actual.
El concepto de “antisistema” puede ser válido y descriptivo para identificar liderazgos que se ubican en tensión con las élites, los partidos tradicionales o las formas clásicas de intermediación. El problema no es su uso, sino cuando se lo convierte en explicación final en lugar de punto de partida.
Decir “antisistema” no agota el análisis, sino que lo abre: ¿qué sistema se cuestiona, desde qué experiencias sociales y con qué demandas?
En cambio, el concepto de “populismo” ha tendido a volverse más problemático. En muchos casos funciona como una etiqueta amplia y poco precisa, que mezcla fenómenos distintos y termina explicando menos de lo que clasifica.
El resultado es un desfase creciente entre las categorías de análisis y la dinámica política real, donde los marcos conceptuales describen, pero ya no alcanzan a explicar.
Conclusión: una transición en curso
Más que una anomalía, lo que se observa en distintos países de la región es una transición en curso hacia nuevas formas de representación política.
No se trata necesariamente de la desaparición del sistema tradicional, sino de su reconfiguración bajo nuevas lógicas: mayor personalización del liderazgo, debilitamiento de intermediarios y creciente importancia de la comunicación directa.
El desafío para el análisis político no es solo describir estos fenómenos, sino actualizar sus herramientas para poder comprenderlos sin reducirlos a categorías que ya no alcanzan.
La pregunta de fondo no es si estos liderazgos son una desviación del sistema, sino qué tipo de sistema está emergiendo a partir de su consolidación.





