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¿Furia, obsesión o decisión de matar? Un psiquiatra analiza el caso de Daisy Paola

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El psiquiatra Charles Rodas analiza el crimen de Daisy Paola, la violencia posesiva y los mecanismos que pueden convertir el deseo de control en una conducta destructiva. También cuestiona el papel de una sociedad que, según su interpretación, ha perdido referencias morales e ideales colectivos.

¿Qué pasa por la cabeza de un hombre que persigue a una mujer, la ataca y se asegura de que no sobreviva? ¿Se trata de un arrebato de furia o de una decisión que se va construyendo hasta convertirse en una idea obsesiva?

A partir del crimen de Daisy Paola, el psiquiatra Charles Rodas propone una interpretación que va más allá del momento del ataque. Su análisis aborda la agresividad, la posesión, la pérdida de la relación y la posibilidad de que el femicidio no sea solamente una reacción impulsiva, sino también el resultado de una decisión sostenida.

La agresividad y la estructura humana

Rodas cuestiona la idea histórica de que este tipo de asesinatos necesariamente responde a alteraciones encefálicas o a una estructura cerebral gravemente afectada.

“Históricamente, se pensó que este tipo de asesinato era cometido por personas con alteraciones encefálicas o de la estructura cerebral grave, aspecto que en la evolución de la psiquiatría ha sido claramente desmentido”, sostiene.

En su explicación, el psiquiatra recurre a conceptos del psicoanálisis de Sigmund Freud para describir dos dimensiones de la condición humana: una corporal y biológica, y otra cultural, social y psicosocial.

Desde esa perspectiva, plantea que los impulsos humanos no pueden entenderse únicamente desde el funcionamiento del organismo. También intervienen las relaciones sociales, los valores y los mecanismos que regulan la conducta.

Rodas señala que, junto al instinto de vida y reproducción, existe una dimensión agresiva que, cuando no encuentra límites, puede adquirir un carácter destructivo.

“Cuando el instinto agresivo crece mucho porque no tiene la contención del instinto de vida, ese instinto se hace destructivo, y ese instinto es parte de la esencia criminal”, afirma.

¿Furia momentánea o decisión de matar?

Uno de los puntos centrales de su análisis es la explicación que el autor del crimen habría dado sobre su conducta: un supuesto ataque de furia o de ira.

“Que el asesino diga que lo hizo en un ataque de furia (o ira) me parece una respuesta inteligente, hasta racional”, sostiene Rodas.

El psiquiatra considera que la secuencia de acciones registrada en el caso debe analizarse junto con las declaraciones posteriores del acusado. En particular, menciona la reflexión que este habría hecho sobre la posibilidad de ir a prisión por incumplir una orden de alejamiento.

Para Rodas, ese razonamiento plantea interrogantes sobre la hipótesis de un arrebato puramente momentáneo. Su interpretación es que la decisión de matar podría haber adquirido un peso propio, por encima de las consecuencias legales que el agresor sabía que podía enfrentar.

La distinción es relevante: una cosa es actuar bajo una emoción intensa y otra, diferente, es sostener una conducta violenta mediante una sucesión de acciones dirigidas contra la víctima.

Sin embargo, determinar si existió planificación, premeditación o una alteración de la capacidad de control requiere una evaluación específica de los hechos y de las pruebas. La secuencia de un ataque, por sí sola, no permite establecer un diagnóstico psiquiátrico.

La posesión como forma de control

Rodas describe al autor de un femicidio como alguien que puede desarrollar una idea obsesiva cuando interpreta que su pareja ha cruzado una línea que él considera inaceptable.

Esa línea, explica, puede aparecer ante una sospecha de infidelidad o frente a una decisión tan básica como la de terminar una relación.

“El actor de un femicidio tiene como una idea absolutamente obsesiva, una vez que la mujer cruce la línea roja que él considera”, señala.

En su análisis, el agresor puede mantener una relación marcada por el castigo y el control, pero al mismo tiempo resistirse a que la mujer desaparezca de su vida. La separación se convierte entonces en una amenaza a una relación que pretende conservar bajo sus propias condiciones.

Rodas sostiene que, en determinados casos, la violencia también puede estar vinculada con la satisfacción que el agresor obtiene al provocar sufrimiento.

Esta interpretación pone el foco en la posesión y en la negación de la autonomía de la mujer. La decisión de terminar una relación, sin embargo, no constituye una provocación ni una justificación de la violencia: la responsabilidad por el ataque corresponde a quien lo ejecuta.

Una sociedad sin ideales

El psiquiatra amplía su explicación hacia el contexto social. Según su planteamiento, las sociedades necesitan referencias morales y objetivos colectivos capaces de establecer límites a los impulsos individuales.

Rodas sostiene que en otras etapas históricas existía un equilibrio entre el instinto, la moral y el ideal: el deseo de satisfacción, las normas que regulan lo permitido y los objetivos que orientan la conducta.

En su interpretación, la sociedad posmoderna habría debilitado esas referencias.

“La sociedad posmoderna es el cementerio de los ideales”, afirma.

Y plantea una pregunta: ¿qué ocurre cuando desaparecen los mecanismos culturales que deberían contener los impulsos destructivos?

Para Rodas, el problema no se limita a los crímenes violentos. La misma lógica puede manifestarse en otras conductas que perjudican a la sociedad, como los delitos financieros.

Se trata de una lectura social y psicoanalítica del comportamiento humano. No obstante, la relación entre los cambios culturales, la moral y la violencia no puede establecerse como una explicación única del femicidio: también deben considerarse las dinámicas de poder, el control coercitivo, los antecedentes de violencia y las circunstancias concretas de cada caso.

¿Puede el Estado evitar los femicidios?

Rodas también cuestiona el funcionamiento de las instituciones y el lugar que ocupa el individuo frente a la comunidad.

“En el estado actual, la ley legisla más para el individuo que para la colectividad”, sostiene.

A su juicio, el debilitamiento del sentido de pertenencia colectiva y la exaltación del éxito personal pueden alimentar una percepción de poder que lleva a determinadas personas a creer que están por encima de las normas.

Desde esta perspectiva, la prevención no debería limitarse a castigar después de cometido el crimen. También exige examinar las condiciones sociales y culturales que favorecen la naturalización del dominio sobre otras personas.

Pero la prevención del femicidio requiere, además, respuestas concretas: atención a las amenazas, evaluación del riesgo, protección efectiva de las víctimas, seguimiento de las órdenes de alejamiento y actuación coordinada de las instituciones ante señales de violencia.

La reflexión sobre los valores colectivos no sustituye esas medidas ni las políticas específicas para proteger a las mujeres.

Después del crimen: la violencia también puede volverse contra el agresor

En el tramo final de su análisis, Rodas advierte sobre otra consecuencia posible de los femicidios: el suicidio del autor después de matar a su pareja.

Según su interpretación, algunos agresores pueden anticipar una condena prolongada y considerar que ya no tienen un futuro fuera de la prisión.

El psiquiatra sostiene que el endurecimiento de las penas podría incrementar los suicidios posteriores al homicidio entre determinados agresores. Esa afirmación, sin embargo, requiere evidencia específica para establecer si existe una relación causal y en qué condiciones se produce.

El fenómeno plantea un desafío adicional para las políticas de prevención y para la comprensión de la violencia extrema, sin perder de vista que la prioridad debe ser evitar el asesinato y proteger a las potenciales víctimas.

¿Qué hay, entonces, en la cabeza de un femicida? La respuesta no puede reducirse a la furia, a una supuesta enfermedad mental ni a una explicación general sobre la sociedad. Cada caso exige examinar la historia de violencia, las conductas de control, las amenazas y las decisiones del agresor.

Comprender esos mecanismos no significa justificar el crimen. Significa intentar reconocer las señales antes de que la violencia llegue a su desenlace irreversible.

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