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Cartes, el revolucionario

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Por José Maria Quevedo

Durante años, el relato dominante en torno a la política paraguaya colocó a Fernando Lugo como la figura del cambio. Ex obispo, vinculado a la teología de la liberación y con un discurso centrado en los pobres, su llegada al poder fue leída como una ruptura histórica. Sin embargo, con el paso del tiempo, cabe preguntarse si esa expectativa de transformación realmente se materializó o si, por el contrario, la verdadera revolución —en términos de poder real— terminó siendo protagonizada por Horacio Cartes.

El gobierno de Lugo, pese a su carga simbólica, dejó una serie de deudas estructurales. No avanzó en una redistribución significativa de la tierra, una de las principales demandas históricas del campesinado paraguayo. Paradójicamente, durante su mandato se registró un alto número de líderes campesinos judicializados y encarcelados, lo que evidenció una brecha entre el discurso y la práctica política. Tampoco hubo una confrontación clara con los grandes medios de comunicación ni una disputa efectiva en el plano narrativo, un terreno clave en la construcción de poder contemporáneo. A esto se sumó un estilo de conducción cuestionado, marcado por la delegación de decisiones en su entorno y una inclinación hacia zonas de confort más que hacia la confrontación política.

En contraste, Horacio Cartes —proveniente del mundo empresarial y con un perfil inicialmente ajeno a la política tradicional— desplegó una estrategia de poder mucho más integral y efectiva. Su irrupción no solo reconfiguró la economía, sino también el ecosistema mediático. A través de la adquisición y consolidación de medios de comunicación, logró construir una plataforma discursiva alineada con su proyecto político-empresarial, entendiendo que la disputa por el sentido es tan crucial como la gestión económica.

Asimismo, fortaleció la presencia de su grupo financiero, particularmente el banco Basa, dentro del sistema, al tiempo que facilitó la expansión de nuevos actores económicos. Esta dinámica contribuyó a una reconfiguración del mapa empresarial paraguayo, ampliando los márgenes de influencia de sectores afines a su visión.

En el plano político, Cartes revitalizó al Partido Colorado, no solo como maquinaria electoral, sino como estructura de formación y captación de cuadros, devolviéndole centralidad en la vida política nacional. Esta reconstrucción partidaria fue clave para sostener y proyectar su modelo de poder más allá de su propio mandato.

Finalmente, su gestión logró reinsertar a Paraguay en el circuito político-empresarial internacional, reposicionando al país como un actor relevante para inversiones y alianzas estratégicas.

Así, mientras Lugo encarnó la promesa simbólica de cambio, Cartes ejecutó una transformación concreta en los engranajes del poder. La paradoja paraguaya radica en que la revolución no siempre proviene de quienes la proclaman, sino de quienes comprenden —y ocupan— los espacios donde el poder realmente se construye y se ejerce.

N de R: El término revolucionario puede usarse como adjetivo para describir algo que produce un impacto importante y repentino en la sociedad (Wikipedia).

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